viernes, 9 de diciembre de 2016

A 10 años de la muerte de Pinochet, nos sigue doliendo el muerto de mierda






Han pasado 10 años desde la muerte del más cobarde de todos; Pinochet. Hoy, sus adherentes le harán homenajes. Que ironía más grande, morir justo un 10 de diciembre, día internacional de los Derechos Humanos.

Han transcurrido 10 años y ni siquiera los pinochetistas han podido limpiar a su monstruo prócer, porque nada ni nadie podrá sacarle el estigma de asesino y traidor a la patria. 

A los chilenos, Pinochet nos dejó su testamento. Al menos para mí, son los recuerdos de un ser monstruoso cuya figura me parecía atemporal, anclada en lo más profundo de la conciencia propia y colectiva, omnipresente para aquellos que como yo, nacimos durante la primera década de su dictadura, en medio de uniformes, toques de queda, desaparecidos y los programas PEM (Plan Empleo Mínimo) y POJH (Plan Ocupacional para Jefes de Hogar). A  finales de los ochenta yo era sólo un niño, pero sabía que debíamos temer más a los uniformados que a los ladrones, ya que los primeros asesinaban a más chilenos que los entonces llamados “patos malos”. 

Siglas como CNI o DINA eran comunes en las conversaciones clandestinas de bares y esquinas, mientras palabras como “revolución”; “compañero”; “pueblo” y otras más, estaban desterradas del lenguaje común.

Al Chile de hoy, la dictadura de Pinochet le ha dejado mucho por maldecir: los muertos, los desaparecidos, el sistema económico, el terror, la desarticulación de nuestras organizaciones populares, un Estado y una sociedad civil que actúan bajo la Constitución Política de 1980.

A diferencia de Iván Moreira, quién se preocupó que el dictador en su famoso testamento le dejara su bastoncito, la gran mayoría de chilenos no podemos esquivar su maldita herencia: Pisagua, Villa Grimaldi, Tres Alamos, Tejas Verdes.  Y no podemos olvidarla. No olvidamos el bombardeo a La Moneda, al Compañero Presidente Allende, las torturas, las violaciones, los secuestros, los quemados en hornos y con ácido, los fusilados, los atormentados hasta con electricidad, la caravana de la muerte, el asesinato de Prats, la operación Colombo, la operación Cóndor, el atentado a Letelier, los Hornos de Lonquén, el degollamiento de Tucapel Jiménez, asesinatos de líderes sindicales, los secuestros y degollamientos de Parada, Guerrero y Nattino. No olvidamos el asesinato de Pepe Carrasco, ni mucho menos la operación Albania, como tampoco a Rodrigo Rojas De Negri y a la estudiante Carmen Gloria Quintana, quemados por una patrulla militar en Villa Francia. No olvidamos la represión, los apremios ilegales, las desapariciones, el exilio, los relegados, los desterrados, el enclave nazi de Villa Babiera. No olvidamos el rostro y cuerpo desfigurado del compañero Víctor Jara, los asesinatos de los abuelos, mujeres embarazadas, niños inocentes y llenos de vida. No olvidamos los saqueos, los robos, las quemas de libro, los allanamientos, los hermanos Vergara Toledo. No olvidamos a José Tohá, Miguel Enríquez, a Sebastián Acevedo y su lucha, a Ernesto Zúñiga, asesinado por la CNI, al padre Woodward, torturado hasta la muerte en La Esmeralda, a Edison Palma, de sólo 15 años, asesinado por agentes del Estado, a Jecar Neghme, y a tantos otros hombres, mujeres, ancianos, niños, campesinos, obreros, profesionales. No olvidamos.

La primera y más visible consecuencia es que, a pesar de todo lo dicho sobre la manoseada reconciliación, las heridas están abiertas y sangrantes como el primer día, mientras las posiciones siguen siendo antagónicas entre los sobrevivientes de aquella época. La segunda y más importante, es que la derecha chilena queda de cierta forma, libre de la carga que significaba la presencia del dictador, y de la vinculación directa como herederos de la dictadura. Por fin podrán sacarse el lastre que significaba Pinochet y disfrazar su patriotismo de la llamada nueva “tendencia liberal”.

Mientras esa gente, la derecha, sigan recogiendo la vieja arenga de “pan y circo para el pueblo”, con medidas populistas y derroche de palabras aduladoras para un Chile que afortunadamente está despertando en conciencia social

Lo que dejó el dictador genocida Augusto Pinochet a todos nosotros es una herencia de horror que, 43 años después, aún nos pesa. Quizá en los últimos estertores de su infame existencia auto centrada, pensó en el perdón. No en el perdón que jamás nació de él, sino en el que, de tanto en tanto, se nos solicita que le otorguemos. 

Y a no dudar, a diez años de su muerte, ante nuestros ojos se abrirá una gran escena del perdón de muchos de sus compinches, una enorme teatralización del arrepentimiento. Cuánto de ello será auténtico y no un simulacro calculado, un ritual automático o una caricatura, el país sabrá sopesarlo. Pero los crímenes contra la humanidad son imperdonables, pues abusó de su propia humanidad matando lo más sagrado de lo viviente, lo divino en el hombre, asesinando a todo un pueblo inocente. No habrá ecología de la memoria alguna, ni escena de redención, reconciliación o esfuerzos de normalización del país que puedan provocar su salvación o absolución. 

A pesar de su propia amnistía, Pinochet fue condenado por siempre al castigo mayor al que jamás un ser humano podrá ser sometido tras de él: ser Augusto Pinochet, UN MUERTO DE MIERDA.


Felipe Henríquez Ordenes






Comenta esta entrada vía facebook | Tu opinión me interesa ~ Gracias!

Por un debate sano y respetuoso

Por un debate sano y respetuoso