sábado, 7 de mayo de 2016

Madres chilenas sin sus hijos e hijas, esas que no celebran su día: conmemoran





Pueden ver a esas madres en los Memoriales de los Detenidos Desaparecidos o Ejecutados Políticos. En actos que desarrolla nuestra propia política por la memoria que incluye visitar esos parques, donde sus hijos jugaban en su infancia.

Sus propias políticas de la memoria que incluye recordarle a nuestro país que el terror y la ignominia social de la dictadura de Pinochet les arrebató y que aún se extiende por décadas. 

El recuerdo de mi abuela, cuando en sus años de lucidez me dijo, “no me saludes el día de las madres, porque me faltan dos”. Al momento de entender el por qué su actitud, comprendí recién su dolor. 

“No es lo mismo perder a unos padres que a un hijo. No es lo mismo perder a un compañero que a un hijo. No es lo mismo perder a un hijo recién nacido que con más años. No es lo mismo perder a un hijo cuando se es joven que cuando se es mayor. No es lo mismo el primer día que pasado los años. No es lo mismo si la pérdida fue por enfermedad. A mis hijos los perdí, porque me los arrebataron, los acribillaron, cuando tenían toda una vida por delante. No es lo mismo, así que no me saludes en este día”. 

Hoy, esas madres no tienen a sus hijos que les habrían venido a saludar con una canción y un abrazo en su día. Su amor de madres se dirigen a no olvidar. Se dirigen a levantarse diariamente con el recuerdo fresco de sus sonrisas. Verlas quitándoles las pelusas de sus chalecos, obligándolos a comer antes de salir de casa, y a incitarlos a que les llevaran a ese/a chiquillo/a que ellas sabían que existían pero que nunca conocieron. 

Sus propias políticas por la memoria que incluye comer pan con palta los domingos en la mañana y café con leche, su desayuno favorito, y prometer que en los trajines de la semana siguiente por sus bocas hablarán de su ideario. Esas ideas que a inicios de la década del setenta no conocían en profundidad y que, en ese camino, aún intentan entender del por qué se mata a un hijo.

Madres presas en la locura de luchar para que ninguna otra madre pase por esos horrores. Que para ser las mujeres hoy son, primero las destruyeron completamente y las obligaron a reconstruirse en un sueño colectivo de justicia.

Se ven a sí mismas en el sueño de una sangre que perdura. En haber podido abrazar a sus hijos que tuvieran los ojos profundos de sus padres o, quizás el pelo ensortijado de sus madres. Hijos e hijas que no pudieron componer sus vidas y cuyas canciones nunca escucharon. A esas madres que se conformaron con mirar hijos ajenos, y con sus bocas rotas les sonrieron.

A esas madres que se ven a sí mismas frente al espejo, sesenta años después de haberlos parido, pariéndolos una y otra vez todas las mañanas, en una vida eterna.



No es lo mismo abuela.
Y, sin embargo, igual sonreíste. 
Y sin embargo igual te arreglaste. 
Y sin embargo igual luchaste…
… para que otras no perdieran a sus hijos/as.  

Dedicado a esas madres sin hijos de este Chile, que hoy no celebran: conmemoran.


Felipe Henríquez Ordenes


Fotografía: Javier Bauluz / Periodismo Humano




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