lunes, 1 de febrero de 2016

Infancia en Dictadura: Testimonio de un niño sobreviviente del hogar de niños de 'El Cañaveral'




Niños de la población Barrancas de la comuna en el sector norponiente de la ciudad de Santiago en esa época. Escuelita 402. Entre los niños de la imagen, se encuentra la hija de Carmen Martínez que murió a los 10 años. (Crédito foto: Memorias del Siglo XX)


Poco antes del golpe militar, Leopoldo Santelices había sido dado de baja, era uniformado. Un sujeto sin especialización ni estudios, y gracias al golpe militar,  fue apitutado por un familiar suyo (militar), quien lo instaló en el Cañaveral como “cuidador” de niños.

Hay una verdad histórica que quiere abrirse paso. Desocultamos y desenmascaramos a un torturador de niños: Leopoldo Santelices Villegas. Este siniestro personaje se oculta hoy, luego de aplicar tortura sistemática al interior de un hogar de niños, puntualmente en El Cañaveral, desde el año 1973 a los años 80.

El niño andaba quejoso y con sus ojitos hinchados. Apenas se movía. Tenía 7 u 8 años. Era uno más de los pequeños que bajaban de la montaña para concurrir al colegio, en El Arrayán; vivían en un albergue llamado El Cañaveral. Allá arriba, en el Camino a Farellones. Una profesora descubrió su tragedia. Este niño fue enviado al hospital pues había sido maltratado brutalmente. El autor material de tal brutalidad había sido el tío Polo -Leopoldo Santelices Villegas-, quien actuó luego de ello como si nada hubiese pasado. Pero yo no olvidé. No quise olvidar.  Y mientras crecía me repetía que algún día tendría que denunciar esta y otras de las incontables brutalidades e injusticias que perpetró este sujeto en El Cañaveral. Sus víctimas fueron niños indefensos. El Estado no veló por ellos. Yo viví allí. Fui testigo presencial.

Dificulto que ese niño fracturado por ti te haya borrado de su memoria (discúlpame por tutearte), y dificulto que alguno de esos niños de El Cañaveral haya olvidado tu cara y tu nombre, “tío” Leopoldo Santelices Villegas.

Cuántos de ellos, hoy adultos, no guardaron en sus memorias ese grito maldito tuyo por las mañanas: -¡Despierten animales! ¡Despierten bestias!-, consigna con la que nublaste el derecho de esos niños al ver en cada amanecer el anuncio de un mejor porvenir, de un futuro prometedor, de una oportunidad nueva para sonreír y ser felices.

Tengo registros vívidos. Tu entrada al dormitorio y todo era terror. Veo a unos saltando de sus literas a fin de librarse de ese jueguito sádico tuyo de destapar de cuajo sus cuerpos semidesnudos para darles varillazos en los pies. Los pobrecitos se arrojan de los camarotes como saltando al vacío a objeto de huir del personaje más siniestro de ese asilo de infantes. Si uno lo mira en perspectiva, y sin exagerar, El Cañaveral fue reducido por ti, tío Polo, muchísimas, muchísimas veces, a una suerte de campo de concentración, sobre todo pensando en esas víctimas que tuvieron la mala fortuna de cruzarse en tu camino.

¡Despierten bestias! ¡Despierten animales! ¿Recuerdas, tío? ¡Y pobre del niño que se atreviera a darte alguna señal de sueño pendiente o, peor, que se atreviera a ofrecerte alguna forma de resistencia!: en el acto le regalabas una ducha forzosa -qué importaba si era en pleno invierno-, ducha y más duchas que incluían “chinitas” (tipo submarinos), puñetazos, varillazos, manguereos, patadas donde cayeran; duchas que traían consigo castañeteos de dientes, dolores en huesos y cráneos, y fríos que mordían las carnes desnudas de unos niños que eran tratados por ti como parias, como culpables, como animales.

Y esas interminables vueltas olímpicas en la cancha, en invierno y verano, a pata pelá’, con colchones al hombro, a que sometías a unos niños de 7, 8, 10 ó 12 años como castigo por haber cometido el pecado de mearse en sus camas la noche anterior… ¿Recuerdas, tío? ¿Te acuerdas, tío Polo?

Yo sí me acuerdo. De hecho veo ahora cómo salta sangre de un rostro pequeño y cómo el cuerpo de este niño se azota violentamente contra un suelo de piedra a causa del más brutal golpe de puño que jamás imaginé un adulto pudiera propinarle a un niño indefenso, acciones que uno no encuentra ni en el best seller más terrorífico y fantástico de los que ha escrito Stephen King.

¿O crees que alguno de esos muchachos de El Cañaveral pudo olvidar ese jueguito tuyo de tortura inquisidora con la que te ensañaste por años con nuestro querido compañero Rogelio Fernández Pérez? ¿Atarlo de los pies y colgarlo con una soga con la cabeza hacia el piso? ¿Dejarlo colgado verticalmente durante horas  -todo un día a veces-?  ¿Y festinar con la desgracia de este niño? Aún te veo balanceándolo como si se tratara de un péndulo humano y  dándole mil vueltas sobre su eje como si el niño fuera un artista circense que divierte al mundo en la cuerda de la muerte, pero aquí tu juego era doblemente perverso, pues Rogelio no era un artista circense sino un niño físicamente vulnerable que, al lado de tu envergadura, parecía un muñequito de trapo con patitas de lana.  Y nosotros, que éramos niños, no atinábamos a nada. Éramos tu mudo auditorio. Nuestras risas no eran risas, cabrón;  eran muecas que apenas disimulaban el terror que provocaba en nosotros tu sadismo. El vil espectáculo que hacías con la dignidad de Rogelio y esas abominables y macabras risotadas tuyas cuyas resonancias reaparecían como ecos venidos de las tinieblas de las pesadillas de los niños por las noches.

Tarde me enteré que en El Cañaveral había vivido Salvador Allende, y tarde también supe que esta casona había sido acondicionada, luego del golpe militar de 1973, como un hogar “modelo” que albergaría a niños que presentaban necesidades de protección socioafectiva. Ninguno de los niños que allí vivieron llegó a ese albergue por delincuencia ni nada parecido.

No sé, quizás el presidente idealista, Salvador Allende, preparó allí sus palabras de despedida: “Trabajadores de mi Patria… Superarán otros hombres este momento gris y amargo…”.

No sé, pero algo sucede en mi garganta cada vez que leo o escucho estas palabras de despedida de Allende. Sin duda, sus palabras me generan emotividad y me surgen sentimientos de admiración por él, porque creo fue un hombre honesto, pero eso que siento en la garganta, creo, se debe más a que relaciono su mensaje con esos niños que habitaron El Cañaveral en los 70’, niños a los cuales un torturador de menores, cada vez que estuvo de turno,  les hizo vivir los momentos más grises y amargos de sus nacientes e inocentes existencias.

El punto es que durante la década de los ’70, en Chile, veinticinco a treinta pequeños estuvieron a merced de un sujeto llamado Leopoldo Santelices Villegas, quien transformó un asilo estatal de niños desamparados en su escondite privado para atormentarlos y torturarlos durante años.

¡Más de cuarenta años de impunidad han pasado, pero desde El Cañaveral de esos años emergen las voces de esos niños que lanzan, a través de mi voz, un grito que estalla en el presente clamando al cielo una sanción moral contra este torturador impune de niños!

¡Por todas sus víctimas, por Rogelio Fernández Pérez, por la justicia!, es que hoy suelto esta memoria que debía ser desocultada hace ya tiempo…  pero que la suelto hoy porque la semana pasada alguien me dijo que Leopoldo Santelices Villegas sigue, en estos mismos instantes,  "cuidando" niños en un hogar de menores.

Sólo he citado casos puntuales, pero tú fuiste un torturador de niños durante todo el tiempo que padecimos tu siniestra presencia allá en El Cañaveral.

¡¡Un dos tres por el tío Leopoldo Santelices Villegas!!
¡¡Y un dos tres por mí y por todos mis compañeros del Cañaveral!!


El relato es de Noé Felipe Bastias Soto
Licenciado en Educación - Profesor de Filosofía
Ex niño interno de "El Cañaveral" 


Adaptación y transcripción del relato de Noé Bastías: Felipe Henríquez Ordenes



Nota al pie: Cuando ha trascurrido una semana desde que se hizo público este testimonio, me ha escrito Noé Bastias Soto, el hombre que me envió este horrible relato y, en vista y considerando el no tener redes sociales para la difusión, dejo acá los agradecimientos a cada uno por la lectura de este horror.

Gracias a ti, Noé, por darme la posibilidad de difundir este documento histórico. Los actos de memoria son tarea de todos y todas. 

Atentamente,
Felipe Henríquez Ordenes.



Les digo gracias a tod@s aquell@s herman@s mí@s que han tomado la palabra en esta tribuna para sumar sus voces en contra del olvido. Porque gracias a sus voces esos niños del Cañaveral ya no son olvido. 

Poner este testimonio en esta tribuna ha sido una forma de saldar una cuenta que tenía pendiente con el tribunal de mi propia conciencia.  Pero una conciencia que te ordena desde un otro (Emmanuel Levinas): el que sufre, el huérfano, l@s que padecen injusticias a manos del “más fuerte”.  Por eso esa historia que desenterré de mi pasado no se circunscribe estrictamente a un recuerdo que tenga que ver con mi vida privada. Si fuera algo privado, me lo guardo, hago como que lo olvidé, doy vuelta la página y me lo llevo mañana como un secreto a mi tumba. La historia que desenterré, aunque haya sido luego de casi más de cuatro décadas, compromete el dolor y la dignidad vulnerada de un número importante de niños, los cuales estaban, para colmo, bajo el cuidado del Estado. No es entonces una historia que se actualiza y se hace presente desde un yo sino desde un nosotros. La dignidad infantil desatendida, vulnerada y olvidada, en primera y última instancia no es un tema privado: siempre es y siempre será un asunto de interés público. Por eso debía desclasificar esos recuerdos y hacerlos públicos.

Y luego de hacerlos públicos puedo informarle a Rogelio Fernández Pérez, y a mis ex compañeros del Cañaveral que el desenmascaramiento del torturador de niños del Cañaveral, Leopoldo Santelices, ya está en marcha, asimismo la sanción moral que se merece. Hasta aquí no más llegó su tiempo de impunidad.

Puedo entonces respirar profundo, llenar de aire mis pulmones, levantar la frente y mirar a la cara a cada uno de esos niños de mi ayer, pues, aunque sea poco, algo hice por ellos con mi testimonio; en especial por aquellos que cayeron en más de alguna oportunidad en las manos de este verdugo. La justicia tarda, hermanos, pero llega.  

Gracias a Felipe Henríquez Órdenes. Gracias nuevamente a tod@s. Y gracias, por cierto, a mi hermano Miguel Ángel Rossel, un terrícola de excelencia, con el cual compartí (y comparto) sueños e ideales de justicia irrenunciables.    

¡Saludos y abrazos a tod@s!
Noe Bastías Soto.




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