viernes, 22 de enero de 2016

Te contaré la lucha que dio Pedro Lemebel por los Derechos Humanos en Chile







De  frente, su rostro testimoneado en la tarea de este luchador social, que se la jugó por su vida hasta el último de sus días. Pedro Lemebel merece todos los homenajes y reconocimientos.

La historia de Pedro Lemebel es amplia, y es apenas un porcentaje que, en el murmullo de sus últimos días, intentaba dar cuenta de la ciénaga oscura donde fueron sumergidos aquellos días tan difíciles de recordar, pero al mismo tiempo, indelebles en algún lugar donde la memoria cobijaba su humillado ardor.

Y esta dualidad que hace pestañear intermitente la zona crispada del recuerdo, parece ser la única entrada a cierta intimidad temblorosa. Tal vez el registro de su lucha, multiplique una sumatoria de voces que durante muchos años guardaron estos hechos calladamente, como quien se niega a reconocer en sí mismo la brutal evidencia. Como quien no quiere sentir nunca más el roce del guante militar que timbró sus carnes con los hematomas dactilares del sello patrio. Como quien por fin deja traslucir su testimonio de vida el triste emblema amoratado de sus llagas, que emergen una y otra vez desde las tinieblas para documentar la historia no contada de los crímenes que se cometieron durante la dictadura chilena. La historia traspapelada del vejamen oficial que no aparece evaluada en ningún juicio. La historia mordida, aún amordazada por la indiferencia y el trámite democrático.

Gladys Marin y Gladys Marín


Pedro Lebemel se encargó de gritar mil veces que esto ocurrió, que esto pasó en algunos barrios, cerca de aquí mismo, frente a la placita donde un abuelo le daba de comer a las palomas. Cerca de la iglesia donde un curita, bien peinado, hacía gárgaras por la reconciliación. Más allá del kindergarten, donde el mismo torturador despidió a su niño con un beso sucio en la mejilla. En esa misma casa, tan igual a otras casas con olor a peste desde el subterráneo. Casas de familia, vecinas de esas otras moradas del espanto, donde se amohosan los enchufes que evocan la náusea de un indefenso escalofrío. Murallas silenciosas, bambalinas rasguñadas donde incluso aún se pueden leer rayados de «Bachelet a la presidencia».

La espina de una rosa en el corazón

Eso ocurrió bajo este cielo que pinta de cochino azul su monserga de hermanos. Eso ocurrió a los pies de la cordillera tan blanca, tan orgullosamente blanca y pálida como un muerto. Pareciera que, en este aire renovado, los testimonios que Pedro Lemebel se encargó de desmembrar por la evocación se adosaran a un deletreo ficticio que amortigua, blanquea y despolitiza la costra húmeda de su memoria. Todo eso ocurrió, y fue tan cierto como cuando Pedro lo gritó con su fuerte garganta con arena, y sus ojos empañados.

Fue cierto, todo eso fue cierto, y Lemebel señaló con el dedo a todos a quienes se atrevieron a dudarlo, como cuando él decía con su prosa irónica: “A quién le interesa, si medio país aún no cree”. Pero sí lo sabían, y medio país prefirió no saber, no recordar aquella noche que en la casa vecina una garganta de mujer trinaba a parrillazos los estertores de su desespero. Medio país se resistió a creerlo, y quisieron dar vuelta la página, mirar al futuro, hacer como que nada, soñar como que nunca. Medio país sabía (sabe) porque no quiso (quiere) saber, porque se hizo (hace) el "leso" ("se hace el gil wueón"). Y aunque duela decirlo, la cercanía compinche llamada compatriotas, la complicidad familiar de una esposa, hermana o madre que oculta a su hijo torturador, la complicidad cultural extasiada por el arte esos días de trapo negro, la farra incestuosa de la televisión y la prensa miliquera brindando con la gorra fascista; todo eso tejió la venda de individualismo que le dio visa de ciudadano legal al monstruo torturador.



Esa fue la lucha de Pedro Lemebel por los Derechos Humanos en Chile. Con sus escritos, con sus libros, fue lo que pudo mostrar horrorizado por las voces desnudas de sus protagonistas. Apenas un retazo menstruado en el vacío abyecto de su narración. El resto, lo que sigue o lo que queda, ninguna emoción solidaria puede ahondar en el descalabro de estos hechos, sin volver a mirar al país simuladamente democratizado en el que hoy vivimos, sin volver a sentir qué parte importante de su población, por miedo, inseguridad o indiferencia, se tapó los oídos, cerró los ojos y asumió la venda como reemplazo a un cielo arañado por los ecos huérfanos de su torturada contorsión.

Ni siquiera tu rostro estampado en las portadas de los diarios puede revivir el carnaval patiperro de tu inagotable fiesta. Por eso, al nombrarte, Pedro Lemebel, me cuesta tanto escribir nunca más.

Gracias por todo lo que nos diste.
Yo te recuerdo a un año de tu partida.
Recuérdalo tú, recuérdaselo a otros.

Pedro Lemebel
1952 – 2015


Felipe Henríquez Ordenes






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