jueves, 29 de octubre de 2015

La Constitución Política que iba a ser sometida a plebiscito por Salvador Allende






El lunes 10 de septiembre de 1973 el Gobierno del Presidente Constitucional Salvador Allende, dio aviso a la televisión y a las emisoras de radio de todo Chile que al día siguiente hablaría en cadena nacional.

En la ocasión, iba a dar a conocer el plebiscito que iba a someter a la voluntad mayoritaria una posible nueva Constitución que, tristemente se le adelantaron las Fuerzas Armadas chilenas con un violento golpe de Estado la mañana de ese 11 de septiembre.

Desde 1972 el gobierno de la Unidad Popular redactó la propuesta para una nueva Constitución, que sería sometida a plebiscito en septiembre de 1973. De esa Constitución Política de Chile sólo queda un texto encontrado y publicado por Eduardo Novoa Monreal durante 1993. En medio de las conmemoraciones de los cuarenta años del golpe militar que sacó del poder al gobierno democráticamente electo, Sangría Editora quiere volver a poner en circulación las ideas de ese texto para intervenir en las discusiones actuales sobre la necesidad de una nueva constitución y de una asamblea constituyente.

Extracto del discurso del 5 de septiembre de 1972, que resume el ideario constitucional de Salvador Allende. 
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No hay otra salida, como lo he dicho, que la campaña que debemos dar en marzo de 1973. Pero no con un sentido corriente electoral, no como una campaña electoral más. Tenemos que levantar una gran plataforma que señale al pueblo la tarea que tiene que alcanzar. Tenemos que decirle que hay que dictar una nueva Reforma, una nueva Reforma Agraria, una nueva Ley de Reforma Educacional, un nuevo Código Tributario, un nuevo Código del Trabajo.

Debemos establecer la nueva seguridad social. Debemos, compañeros, hacer posibles los derechos y los deberes de los trabajadores. Debemos afianzar la presencia de los trabajadores definitivamente en el manejo de la cosa pública, y junto a las iniciativas programáticas que no constituyen una plataforma electoral, debemos dictar una nueva Constitución. Para ello debemos ganar la principal batalla, obteniendo la primera victoria en la campaña electoral del 73, con el fin de conquistar la mayoría en la Cámara de Diputados. Si no la alcanzáramos, tendríamos siempre la perspectiva de una gran tarea por delante. Esta tarea, el servicio de los trabajadores, no sólo debe preocupar a los que militan en nuestras filas, sino que miles de trabajadores deben estar junto a nosotros para que podamos establecer nuevas instituciones para que Chile camine de acuerdo con su propia realidad económica y social.

El Chile de hoy no es el Chile de comienzos de siglo. El Chile de hoy, 5 de setiembre de 1972, no es el Chile del 4 de noviembre o del 3 de noviembre de 1970.

Chile dictó la Constitución Pelucona el año 1833 y la Constitución Liberal el año 1925. Va a cumplir 50 años el año 1975.

Tenemos que dictar una nueva Constitución, una Constitución para esta nueva etapa que estamos viviendo, para este proceso revolucionario.

No podemos dictar una Constitución burguesa, ni una Constitución socialista. Tenemos que dictar una Constitución que abra el camino hacia el socialismo, que consagre derechos y que haga que los trabajadores gobiernen este país.

Debemos entregar, entonces, las ideas fundamentales para que sean discutidas, analizadas y conversadas en el sindicato, en las faenas, en las industrias, en las escuelas, en los hospitales, en el taller y en el hogar.

Que no haya muchacho que no sepa leer ni escribir; que no haya anciano, que no haya analfabeto, que no oiga explicar y leer las bases de la Constitución que queremos.

Que el pueblo por primera vez entienda que no es desde arriba, sino que debe nacer de las raíces mismas de su propia convicción la Carta Fundamental que le dará su existencia como pueblo digno, independiente y soberano.

Quiero entregar esta tarde, como tarea al pueblo de Chile, el estudio, la discusión y el análisis de las bases fundamentales de la nueva Constitución que con el esfuerzo, el tesón y el empuje pondremos en marcha, una vez que conquistemos el instrumento que nos permita hacerlo.


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Sangría Editora te invita a leer esta Constitución Política Chilena de 1973 e intervenir en la discusión sobre el pasado, el presente y el futuro de Chile. 



Felipe Henríquez Ordenes




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Recordando el cierre de Penal Cordillera. Presidenta Bachelet: ¿No cerrará Punta Peuco?






En  fallo unánime, la Segunda Sala de la Corte de Apelaciones de Santiago desestimó el 13 de marzo del 2014, el recurso de protección presentado por los abogados del genocida general (R) Manuel Contreras y otros militares por el cierre del Penal Cordillera y su traslado a Punta Peuco.

La  resolución descartó que la decisión presidencial, mediante Decreto Supremo, de ordenar  el cierre del penal y disponer el traslado de los internos, sea ilegal o arbitrario.

“Que, en primer lugar y en cuanto a la decisión de S.E. el Presidente de la República, Sebastián Piñera, de disponer el cierre del centro de cumplimiento de condenas corporales denominado Cordillera, se encuentra ajustada al estatuto legal que lo rige (...). Puede la Máxima Autoridad del Estado, suprimir dicho establecimiento penitenciario, como lo estableció mediante Decreto Supremo N° 644, de 26 de septiembre 2013, con las formalidades pertinentes. En consecuencia, no se advierte, ilegalidad alguna en dicho proceder”, sostiene el fallo.

En 2013, en las vísperas de conmemorar los 40 años del Golpe de Estado contra Salvador Allende, el gobierno de Sebastián Piñera solicitó un informe respecto a las condiciones del cierre. Una entrevista pública realizada por CNN Chile el 10 de septiembre a Manuel Contreras, recluso en este penal, generó indignación pública. 



Este hecho, junto con los privilegios especiales que tenían los reclusos, además del costo de mantener un recinto con 38 gendarmes para 10 presos, influyeron a que el presidente Sebastián Piñera anunciara el cierre del recinto y el trasladado de los reclusos a Punta Peuco, el 26 de septiembre de 2013. El traslado se concretó la madrugada del 29 de septiembre.

 [El día del Cierre de Penal Cordillera | Video publicado por la Corporación Codepu - Facebook]

En septiembre de 2013, contaba con una población de diez reclusos, distribuidos en cinco cabañas que contaban con servicios higiénicos, duchas, agua caliente, luz natural y buena ventilación, catalogadas como "bien equipadas" de acuerdo a una inspección efectuada por el Poder Judicial. En las cinco cabañas se distribuían:

El Centro de Cumplimiento Penitenciario Cordillera más conocido como Penal Cordillera, fue un complejo penitenciario chileno, ubicado en la comuna de Peñalolén, donde estaban detenidos de forma exclusiva, oficiales militares, implicados en violaciones a los Derechos Humanos durante la dictadura militar de Augusto Pinochet.

Lo vimos en mayo del 2011, donde marcadas desigualdades reveló un reportaje de Televisión Nacional (Ver Video) entre las cárceles donde están recluidos militares condenados por gravísimas violaciones a los derechos humanos y, los detenidos en otros recintos penales del país. Por primera vez, la televisión chilena ofreció imágenes del interior de dos penales, Punta Peuco y el extinto Penal Cordillera, en los que se pudo apreciar una situación muy, pero muy distinta a la de la cárcel de San Miguel, o en otros centros penitenciarios del país.



El cierre de Cordillera y traslado sus internos a Punta Peuco, surge del costo significó mantener esta cárcel especial para criminales. Según adjuntó el regimiento de Peñalolén. Sus inquilinos (eran pasajeros de un verdadero hotel 5 estrellas) contaban con cancha de tenis, televisión y telefonía ilimitada, que significaba un gasto mensual cercano a los 50 millones de pesos, fueron algunos de los factores bajo análisis de este, el penal que tuvo mayor cantidad de gendarmes por interno en el país. En resumen, el gasto público por un militar de este verdadero resort para criminales, fue diez veces mayor al costo de un reo en cualquier centro penitenciario del país.

La petición de cerrar el Penal Punta Peuco, no sólo fue apoyada por la totalidad de las Organizaciones de DDHH, sino que también fue apoyada desde agrupaciones de Gendarmería. Guillermo Donoso, presidente de la Asociación de Funcionarios Penitenciarios, recalcó que el cierre es una medida justa y eficiente.

A nosotros nos interesa que mientras menos funcionarios expuestos, es más viable. O existe un penal o ninguno, pero no se justifica tal cantidad de funcionarios cuando la necesidad no lo requiere. Por violación a los DDHH necesitan una seguridad distinta, pero no les permite un tipo de licencia sobre los demás reos, si todos somos iguales ante la ley”, indicó el dirigente.

En septiembre del 2013, el gobierno argentino trasladó a cárceles comunes a los últimos 25 militares en prisión por delitos de lesa humanidad, luego de una fuga en el hospital militar de Buenos Aires.

Estos temas pendientes para la sanación de las profundas heridas de hace 42 años, al inicial el nuevo gobierno de la Presidenta Bachelet, corresponde por decencia, cerrar de una buena vez el hotel 5 estrellas donde alojan los cobardes quienes cometieron los más horrendos crímenes cometidos durante 17 años de Terrorismo de Estado impuestos por el tristemente recordado fallecido cobarde traidor a la patria, Augusto Pinochet.

Dentro del plan de gobierno de la presidenta Bachelet, en materia de DDHH, será el pueblo quien le exija cerrar el hotel 5 estrellas Punta Peuco, como una primera medida en la búsqueda de la verdad y justicia, y trasladar a los inquilinos que ahí alojan, a centro penitenciarios comunes, que en cualquier país civilizado debiese sin discusiones y dilaciones efectuar, a no ser que el gobierno de la Presidenta Bachelet, continúe haciéndose parte de la vergonzosa pacto entre los familiares y amigos de los criminales con los gobiernos de la Concertación luego del retorno y la transición de la democracia.

Felipe Henríquez Ordenes

Artículo Enlazado:
Retazos de la memoria, por Felipe Henríquez Ordenes: Ministro Marcelo Díaz: Punta Peuco NO es una cárcel más, es un resort para genocidas



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miércoles, 28 de octubre de 2015

ENTREVISTA: Juan Molina: uno de los soldados que lanzó al mar a compatriotas en dictadura






El  soldado Juan Molina participó en el lanzamiento de detenidos al mar. Una tragedia familiar removió en lo profundo de su alma el horror. 'Murió mi hijo pequeño ahogado y lo tomé como un castigo de Dios'.

Cuarenta y dos años después de cometidos, los crímenes pinochetistas permanecen impunes. Y todavía se conmemora el golpe contra Allende con manifestaciones que exigen justicia. Asesinos y torturadores han muerto en sus camas o pasean por las calles en libertad, sin que se castiguen las atrocidades que cometieron.

Los verdugos chilenos han mantenido su pacto de silencio. Prácticamente ninguno ha reconocido sus culpas ni ha pedido perdón. Se muestran convencidos de haber actuado 'correctamente'. Incluso alguno ha llegado a jactarse públicamente de que "volvería a hacer todo y peor", como afirmó el policía político Osvaldo Romo Mena, alias 'El Guatón'. Una actitud explicable, porque durante la larga dictadura de Pinochet se vieron recompensados por los delitos de lesa humanidad que cometieron, y sus aberrantes comportamientos fueron considerados penal y moralmente irreprochables.

Sin embargo, los implicados en la sangrienta persecución contra la Unidad Popular fueron demasiados para creer que la falta de conciencia alcanzara a todos por igual. El miedo a afrontar su propio pasado común puede justificar, en última instancia, el obstinado mutismo de los criminales. Pero han debido de darsecasos de centuriones atormentados por los recuerdos de la barbarie que protagonizaron. Como el del mecánico de helicópteros Juan Molina, que nunca fue encausado ni juzgado pese a haber confesado que había participado en el lanzamiento al mar de cadáveres de detenidos desaparecidos.

Tragedia familiar

Juan Molina, (1974)
Conocí a Molina hace diez años, en un Santiago de Chile crispado por los actos conmemorativos del trigésimo aniversario del golpe militar. Su aspecto correspondía a lo que realmente era: un pobre hombre de origen humilde, sin demasiadas luces ni ambiciones. Un soldado que aceptó sin rechistar la despiadada metodología de la represión pinochetista, hasta que una tragedia familiar removió en lo profundo de su alma un horror que no estaba capacitado para asumir.

Mantuvimos una conversación tensa en el comedor de su hogar, en un barrio del cinturón obrero de Santiago. Las fotografías de dos momentos decisivos de su vida dominaban la estancia. Una, enorme, con su figura recortada vistiendo el uniforme de la Escuela Militar. La otra, pequeña y enmarcada, mostraba el cadáver de su hijo. Durante cerca de una hora, Molina pareció olvidarse de la presencia de la cámara de TVE, y desnudó su memoria. Empezó contando que tenía 19 años cuando le tocó participar en el golpe de Estado:

Sería un acto necesario, probablemente. Pero es un recuerdo muy amargo haber tenido que estar allí.

Enseguida empezó a narrar los hechos que habían atormentado su conciencia durante décadas, cuando formó parte -como mecánico de vuelo- de tres tripulaciones de helicópteros del ejército encargadas de arrojar al mar los cuerpos de detenidos desaparecidos, muertos en la tortura o ejecutados.

"En noviembre de 1979, a las cuatro y media de la tarde, me designaron para un vuelo por la costa. Cuando estábamos preparando el helicóptero llegó una camioneta de color crema, y descargaron lo que teníamos que llevar a bordo. Yo no me fijé bien. Después llegaron los pilotos y dieron orden de marcha. Al abrir la puerta del helicóptero, encontré dos bultos. Eran dos personas muertas, tapadas con sacos y atadas por los pies a un pedazo de riel. La del costado izquierdo era una muchacha joven".

¿Conocía usted la existencia de ese tipo de vuelos? 
Sí, por conversaciones con los compañeros. Me habían dicho que esos vuelos eran normales; que desde el año 73 se estaba lanzando gente al mar e incluso que los primeros iban vivos. Pero pensé que nunca me iba a tocar hacerlo.

¿En cuántos de esos vuelos participó? 
En noviembre del año 79 tuve que presenciar dos lanzamientos de personas al mar, a unos 80 nudos de Quintero. Y en 1980 me tocó otra triste misión, con ocho cuerpos que dejaron grandes rastros de sangre, ya que iban abiertos.

¿Eran detenidos políticos?
Sí. Eran prisioneros. Pero lo único que yo sé de ellos es que los traían y los lanzaban al mar. De la forma en que fueran ajusticiados no tengo idea. Una de las veces, en una unidad militar de Pudahuel, me hicieron salir del helicóptero para que no presenciara cómo cargaban los cuerpos. Tuvieron que ser centenares porque eso empezó en 1973, que es cuando arrojaron a más, y a mí me tocaron los últimos en 1980.

Turbado por los recuerdos

Molina hablaba despacio, visiblemente turbado por unos recuerdos que no había compartido con nadie durante demasiado tiempo.

Yo no sabía si esas personas eran culpables o no, pero no creo que nadie tenga poder suficiente para decidir que se elimine a alguien. Por eso traté de retirarme del ejército en 1981. Entonces murió mi hijo pequeño. Y lo tomé como un castigo de Dios. Porque se ahogó en el agua de una bañera. Lo de los vuelos lo sabían únicamente mi madre y mi abuelita, que en dos oportunidades me vieron llegar tan afectado que ni siquiera pude comer. A mi señora no se lo conté hasta que falleció el niño. Tenía un año y siete meses, estaba empezando la vida. Ya andaba por todos lados. Mi señora lo encontró caído dentro de la bañera, con los dos zapatitos afuera. Fue un día domingo. Cinco minutos que se descuidó y el niño... se ve que fue a sacar un cepillo que se le había caído. Yo ya sabía que estaba muerto cuando lo saqué y quise darle la respiración artificial. Entonces me vino de inmediato el recuerdo de lo otro, porque era todo tan cruel... El lunes, cuando sepultamos al niño, encontré una carta hecha con recortes de diarios que me decía "para que te des cuenta de lo que se siente cuando se ahoga ser querido". Nunca supe quiénes lo mandaron. Vecinos, puede ser, aunque nadie sabía las operaciones que yo hacía. Y dije "no, no sigo más". Se lo comenté a un psicólogo del hospital militar. Me dejaron hospitalizado un mes para estabilizarme porque estaba demasiado alterado. Era tanto por la muerte de mi hijo como porque yo la asociaba con las muertes de que había sido testigo. El mismo día que me dieron el alta, un compañero me dijo: "Sabes que el coronel ha dicho que borrón y cuenta nueva, y que tú vas a seguir trabajando igual que antes". Yo dije: "No, no, tengo que irme". Pero no me concedieron baja voluntaria, sino que me dieron de baja en lista 4 para no pagarme, o sea, para dejarme en la calle. No me dieron ni un peso. Además, yo vivía en un departamento estatal y cuando fui a buscar mis cosas no había nada. Se lo habían repartido todo.

- Participar en aquellos vuelos arruinó su vida, Molina. 
- Sí. Mi vida habría sido totalmente diferente sin eso. Creo que habría alcanzado el grado máximo, estaría viviendo en otro lado, tendría una buena casa, mejor vehículo... Ha sido así para la mayoría de mis compañeros. Y yo he pasado hambre. No me avergüenza decirlo. Pero estoy más tranquilo.


Felipe Henríquez Ordenes




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lunes, 26 de octubre de 2015

Dawson, Isla 10 - Miguel Littin | 2009






Basada en el libro de Sergio Bitar, el filme muestra la estadía de los ministros y colaboradores del derrocado Presidente Salvador Allende en el campo de concentración ubicado en la Isla Dawson, al sur del país.

Dawson, Isla 10, es una de las pocas películas de ficción histórica que representan la Unidad Popular y los primeros meses de la dictadura, en la que la mayoría de los protagonistas son personajes históricos reales, aquellos “grandes hombres de la historia.” Sin embargo, esta cinta hace una combinación entre ficción y realidad, que complejiza la presentación de la historia de políticos y ministros del gobierno de Allende, detenidos en la Isla Dawson después del golpe de Estado. La cinta desplaza protagonismos y trunca los tiempos, logrando que finalmente sea una cinta de tonos universales más bien que locales.

En relación con las decisiones de casting, todos los ex-ministros son muy similares entre sí. Visten ropa parecida, (que no evoluciona a lo largo de la cinta) con gruesos abrigos que camuflan al actor/personaje. Además, los políticos son presentados al público sencillamente diciendo sus nombres. 

Álvaro García sugiere que los ex ministros deberían ser extra-diegéticamente conocidos (García). Sin embargo, como el pasado ha sido silenciado de manera tan eficiente en Chile, las personas que no vivieron en esos años - o no están interesados ​​en la historia - se encontrarán confundidas acerca de quién es quién. Sumado a esto, sus nombres se cambian temprano en la cinta a Isla 1, Isla 2, Isla 3, etc., disfrazando aún más su identidad. 

Finalmente, como la cinta fue una coproducción chileno-brasileña, algunos de los actores que interpretan a los políticos son brasileños, sumando una mayor dificultad – para las audiencias locales- de reconocer quien es quien.

Los registros históricos nos dicen que la Cruz Roja se hizo cargo de la ropa de los políticos, por lo que habría estado en buen estado. Sin embargo, esto no se explica en la película, y más bien parece indicar una condición estática y atemporal de perfección que no muestra señales de cambio en los estados psicológicos o físicos de los personajes. 


Benjamín Vicuña es Sergio Bitar, el protagonista de Dawson, Isla 10.









La más clara excepción es Benjamín Vicuña, quien interpreta a Sergio Bitar, autor del libro de memorias en que se basa la película (Bitar, publicado originalmente en 1987). Sin embargo, por las opciones de casting y vestuario, incluso Vicuña se vuelve difícil de diferenciar.

Si bien esto podría ser percibido como un error de producción, sugiero que es una elección consciente para camuflar la identidad individual de cada político con el fin de crear un protagonista colectivo: Los detenidos políticos. De hecho, el primer título de trabajo de la película fue Los hombres de Dawson, título que según el comentario de Littin -incluido en el DVD- reflejaba un carácter de “relato coral” de la película. De esta manera, el colectivo de políticos funciona como un personaje.


Cristián de la Fuente como el Teniente Labarca, un duro militar en Dawson, Isla 10.










En este comentario, Littin también sugiere que la cinta muestra la precariedad de la vida humana bajo los tormentos de los campos de detención, así como la voluntad de vivir. El ejemplo que da es precisamente la forma en que la ropa de los personajes es siempre la misma, y en ella “figura un tiempo que no pasa: un pasado, un presente y un futuro, todos juntos”. Esto, sumado a la dificultad de reconocer a los políticos y creación de un personaje colectivo sugiere que Littin dió preferencia a presentar una experiencia universal de la detención, la cual recurre a ese tiempo detenido de la privación de libertad, más que una exploración de la situación chilena propiamente tal.  

Relacionado a este personaje colectivo, García comenta que “los personajes pesan menos que las acciones, siendo incluso intercambiables”. En la cinta, las situaciones aparentemente aisladas que representan la vida cotidiana en el campamento están hiladas a través de los monólogos de voz en off del protagonista. Estos conectan diferentes situaciones que, en general, no se refieren directamente a la experiencia de Bitar, sino a la experiencia grupal de la detención. La cinta narra así una historia de tiempos cortados, movimientos estáticos y desarrollos truncados.


Andrés Skoknik como el ex canciller Orlando Letelier y Elvis Fuentes como Clodomiro Almeyda.

Al referirse a los militares, la lógica cambia bastante. En primer lugar, en oposición a la “realidad” expresada con los políticos, los militares son personajes ficticios. Varios personajes reales se fusionaron en un sólo soldado de ficción. Esto sitúa a los detenidos en un plano paralelo a los militares. Los primeros reales y en teoría reconocibles, los segundos ficticios y anónimos. En segundo lugar, la mayoría de los militares son actores famosos, como Luis Dubó (el padre de Machuca), Cristián de la Fuente (actor de series de televisión internacionales) y Sergio Hernández (actor de renombre en cine y teatro). En tercer lugar, los militares parecen llevar a cabo acciones más concretas que los detenidos. Interrogan, gritan, castigan y premian. 


Matías Vega encarnando a Osvaldo Puccio, el más joven dentro del campo de concentración de Dawson, Isla 10.


La decisión de fusionar personajes militares y convertirlos en ficticios, a la vez que homogenizar a los personajes reales, genera un desnivel en la percepción de estos dos grupos. Esto está apoyado por la cinematografía en tanto que los detenidos suelen ser filmados con cámara en mano, mientras que para los militares se utilizan cuadros fijos, denotando la rigidez militar (Bello). Sin embargo, fuera de esta asimetría de representación de la política y el pasado, la idea más compleja es que los militares no parecen ser los victimarios o adversarios de los detenidos, sino buenos guardianes. Así, la violencia y tortura desaparecen de esta versión de la historia.

De esta manera, el papel protagónico no está en Vicuña/Bitar como sugeriría el título, ni en los detenidos políticos en general. Tampoco en manos de estos guardianes casi humanitarios. El rol tampoco lo toman las reflexiones políticas de lo sucedido históricamente. Yo sugeriría que el rol protagónico se le adjudica a la naturaleza. La fuerza y potencia de la naturaleza del extremo sur de Chile está presentada con tomas aéreas y planos generales de la isla que la presentan bella e indomable. Refiriéndose a la isla Littin dijo, "Nada se puede comparar a la Isla Dawson, que fue vivida y experimentada. (Por eso) más que el rodar la historia, revivimos los lugares donde ocurrieron los hechos, con los testigos cara a cara. Como mirarse en un espejo roto del cual se escapa el tiempo. El objetivo era captar la realidad y profundizar en ella” (Soares).


Andrés Skoknik encarnando a Orlando Letelier en Dawson, Isla 10.


Así, la isla cobra más relevancia que los políticos, los militares o el mismo Salvador Allende (que aparece en unas polémicas recreaciones de dentro de La Moneda). 


Con tomas aéreas, la isla muestra constantemente todo su poder, indomable y grandiosa. El filtro frio, reminiscente a cintas del holocausto, nos transmite una sensación de temperatura que pasa a afectar al espectador generando, desde lo visual, una sensación física. Así, la cinematografía, con todos sus recursos, nos revela al verdadero protagonista. El clima, la nieve, el viento y el frío son demasiado extremos para las inadecuadas prendas de los ex políticos y militares. La naturaleza sí evoluciona en su progresión natural, de primavera al verano y luego a otoño. La naturaleza no discrimina por motivos políticos, es cruel por igual ante militares y políticos. Los personajes, todos por igual, están a merced de las fuerzas imparables, tanto de la naturaleza como de la política. De hecho, la forma en que se retrata la naturaleza hace alusión a las pinturas románticas, donde las nubes ominosas y los vientos toman protagonismo. Presagiando así los oscuros meses que vivirán los prisioneros en la isla, así como vaticinando los duros años que vendrán en la dictadura.

Los protagonismos desplazados y los tiempos truncados con falta de acciones concretas nos llevan a cuestionarnos porqué el director toma la decisión de adaptar para el cine un texto contingente (como el de Bitar) y despolitizar la adaptación. 


Escena de Dawson, Isla 10.


¿Por qué narrar la vida de actores políticos relevantes en el pasado y presente del país, y quitarles protagonismo o no ahondar en sus experiencias? ¿Es esto una señal de avance político en la transición o un silenciamiento producto del trauma? Más allá de estos cuestionamientos, esta cinta también nos abre la puerta para evaluar la vida de la película tras su estreno y su evidente vinculación política, y reflexionar en torno a cómo las interpretaciones de la política y la historia cambian con el paso del tiempo.


Ficha
Dirección: Miguel Littin
Categoría: Largometraje
Duración: 100 min.
Formato: 35 mm / Color
Idioma: Español
País: Chile, Brasil, Venezuela 
Rodaje: Isla Dawson, Santiago (Chile)
Estreno Nacional: 10 de septiembre de 2009
Estreno Internacional: 2009 (Festival Internacional de Cine de Roma)


Felipe Henríquez Ordenes




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sábado, 24 de octubre de 2015

Sacerdote Raúl Hasbún: Las sotanas cómplices de la Dictadura






Hace unos días, viendo en facebook mi página de inicio, y cuando ya pensaba que nos habíamos librado de uno de los más despreciables rostros televisivos, por esas desastrosas casualidades me topé con un video (privado) del cura Hasbún. Sí, el sacerdote Raúl Hasbún, el mismo que daba la comunión a Pinochet, a su familia y a los genocidas del pueblo. Aquella alimaña que vimos pontificando en Canal 13 durante todos los años de la dictadura y hasta el 2012 en Megavisión, cuando por fin fue sacado de la televisión chilena. Alguien que para mí, ya creía que era de la estirpe de las cucarachas: porque ni con bomba atómica nos íbamos a librar de verlo u oírlo en algún lado.

El sacerdote Raúl Hasbún (82) nunca guardó silencio sobre sus preferencias políticas. No le gustaba el gobierno de Salvador Allende y, por el contrario, se mostraba cercano al Ejército, situado a la sombra de Pinochet. Hoy, es tristemente recordado por su participación cívica en la instauración de la Dictadura.

Además, cabe recordar que –pocos meses antes del bombardeo a La Moneda– fue acusado de cómplice en el asesinato del obrero Jorge Tomás Henríquez G., que murió en marzo de ese mismo año, ejercía una misión especial: proteger al equipo con el que el gobierno de Salvador Allende interfería la transmisión de Canal 13, que por esos años tenía a Hasbún de director de la Corporación de Televisión de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Si bien es cierto que las túnicas de este cura desaparecieron de la televisión, nos queda su amargo recuerdo que otro cómplice de la dictadura hoy goza de total impunidad. Cuando en el 2012 quedó fuera de las pantallas de Megavisión desde la segunda semana de abril y con él, la Iglesia se fue en retirada de la televisión abierta, Hasbún argumentó: “La institución ha perdido importantes espacios para evangelizar en la TV abierta. Si nosotros no somos capaces de transmitir lo que es bueno y malo, mala cosa es que tengamos menos tribuna en televisión, porque nos permitía formar la conciencia moral”.

Debo admitir mi “pecado”, porque cuando me topé hace unos días con aquel video, lo vi completo, sí, y me da vergüenza acá contarlo. Quizás debo tomar una hora con algún psicólogo, porque hay que ser muy masoquista para ver y escuchar a alguien que no te agrada y te produce nauseas. 

En ese video, con rosario en mano el “curita” pontificaba iracundo en contra de aquellos que criticaban y mostraban una mirada diferente del Papado y al Vaticano. El enfurecido comentario tenía su origen en la serie PapaVilla, de la cual los chilenos vimos hace algunos años en un canal de cable. Hasbún con su verborrea y rostro de iracundo fanático las emprendía contra los malos cristianos -en su visión- que permitían esas expresiones. En su argumento sostuvo que se estaba faltando el respeto al entonces Papa Benedicto XVI -Joseph Ratzinger- y por ende al propio Jesucristo. Si la figura del Papa correspondiera a una unidad con Jesús -pobre de él-, ¿qué crímenes, alianzas y ambiciones tuvo que soportar el que se supone es el hijo de Dios? No hay que ser teólogo ni mucho menos un recalcitrante ateo como yo para saber de la oscura leyenda de poder y mafia que ha vivido y existe actualmente en el Vaticano.

Hasbún es repudiable en su práctica de fe. Recordemos que este cura aún defiende con énfasis a la dictadura y los servicios de seguridad del régimen. Es acusado por una de las protagonistas que vivió el infierno desde adentro, Luz Arce, de concurrir con frecuencia a la sede de los organismos represores, como visitas al ya muerto asesino y torturador Manuel Contreras y a otros de los que él llama “presos políticos militares” en el Penal Punta Peuco. En su cristianismo jamás fue capaz de ver el rostro del torturado, asesinado, preso en forma ilegal, hecho desaparecer por los mismos a quién regularmente hasta el día de hoy visita. En esos hombres y mujeres concretos -para él- no vivía ni sufría el señor que Hasbún dice tanto amar.



Para los creyentes -no para mí que dejé de creer en eso incluso desde muy niño- el Dios de Jesucristo sin duda no es el Dios de Hasbún. El cura tiene como Dios una muletilla que invoca y le sirve para disfrazar y justificar sus perversiones, ansias de poder, frustraciones, figuración, vivir bien explotando la fe y temor de los más sencillos y aquellos poderosos que con limosnas y sacrificios buscan calmar la conciencia, ante el imperativo de un Dios que habla fuerte a favor de los pobres y oprimidos.

El reducido y repudiable sector del pinochetismo y otros de la clase dominante necesitan de este parlanchín que en nombre de Dios justifica lo injustificable. Hasbún es la expresión feroz del profesional de la fe, aquellos que cargan pesados bultos a otros pero que ellos dirigen y predican. La pesada carga que impone la Iglesia es para que zánganos como Hasbún vivan y gocen de la mentira de anunciar a un Cristo que no conocen. Él es un fiel representante y defensor del sistema clerical que da estatus y protege a la clase dominante. Me pregunto, ¿puede salir algo bueno de lo que él intenta pregonar en lo que se supone planteó; “que la actual ola de destape signifique la descomposición moral de la televisión abierta en Chile”?

La mayor parte de la población chilena estamos muy felices de que esté fuera de circulación este falso profeta de la fe, de quién fue -y aún lo es- un servil a los señores del dinero, de los más deleznables y monstruosos criminales que azotaron el pueblo de Chile durante la dictadura. Porque Raúl Hasbún es cómplice de las más atroces violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante 17 de años de terrorismo de estado ocurrido en Chile (1973-1990), que escondido en sus hábitos y sin ningún remordimiento, entregaba la hostia y daba de beber el vino directo desde el cáliz al asesino dictador, Augusto Pinochet.



Lo digo con responsabilidad y me hago cargo de todas estas palabras, porque no le llevo el juego de la hipocresía de todos los sectores políticos que siguen salvando al Ejército de todas las atrocidades que se cometieron y le cargan la cuenta a subalternos de las FF.AA y todos esos mandos medios de la época. Todos los altos generales de la época, dirigentes hasta hoy día, hasta el comandante en Jefe del Ejército, el señor Humberto Oviedo, son todos cómplices de la Dictadura y son todos amigos del señor Hasbún. Y la rama derechista de la Iglesia Católica; o sea, no podemos irnos a Hasbún como un caso particular, él pertenece a una institución poderosísima, que interviene los asuntos internos de Chile, descaradamente, con Ezzati a la cabeza.

Hoy, el sacerdote Raúl Hasbún ya tiene 82 años. Ojalá que en el ocaso de su vida al menos nos pueda revelar los crímenes que los genocidas le hicieron en confesión y pueda quizás irse en paz de este mundo, de lo contrario, sus demonios le esperan curita, pase usted.



Felipe Henríquez Ordenes




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miércoles, 21 de octubre de 2015

Hace 44 años, el poeta chileno Pablo Neruda obtiene el premio Nobel de literatura






La Academia sueca concede el premio Nobel al poeta chileno Pablo Neruda, por “ser autor de una poesía que, con la acción de una fuerza elemental, da vida al destino y los sueños de un Continente”. El escritor cuenta entonces sesenta y siete años. Neftalí Reyes Basoalto, adoptaría el pseudónimo de Pablo Neruda legalmente en 1946 como homenaje al escritor checo Jan Neruda.

BIOGRAFÍA:

A los diecinueve años escribió “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” obra clave de su bibliografía, considerada la más popular obra poética del siglo XIX, y probablemente la más reeditada. De influencia modernista, se calcula que las cifras de ventas alcanzan los veinte millones de ejemplares.

En 1927 es ya un poeta de renombre, ocupa el cargo de cónsul de Chile en Birmania, se inicia su carrera diplomática. Sus siguientes destinos serán Colombo (Ceilán) y Batavia (antigua Yakarta), donde contraería matrimonio con Marie Antoinette Agenaar su primera esposa y madre de su única hija fallecida a los ocho años, Malva Marina.

De nuevo en Chile logra ser destinado a Buenos Aires. Allí conoce a Federico García Lorca, que estrenaba “Bodas de sangre”, y ambos poetas traban una sólida amistad.

En 1934 se traslada a Barcelona al frente del consulado chileno. 


En febrero de 1935 ocupa el mismo cargo en Madrid. En España desarrolla una intensa actividad cultural: su magnetismo intelectual le rodea de progresistas de la época relacionándose con poetas de la generación del 27. Es uno de ellos, Manuel Altolaguirre, quien le cede la dirección de la revista literaria “Caballo Verde para la Poesía”. Neruda dirige cuatro de sus ejemplares albergando en sus páginas la obra de poetas como Cernuda, Aleixandre o Miguel Hernández, con los que le une una fraterna amistad. A estos prolíficos años corresponde la edición de su brillante y surrealista “Residencia en la tierra”.  En esas fechas, el mismo Altolaguirre le presenta a la joven pintora argentina Delia del Carril, su compañera durante veinte años hasta la infidelidad del poeta con Blanca Urrutia.

Al estallar la Guerra Civil, conmocionado por el asesinato de García Lorca, Neruda abandona nuestro país y se dirige a París. Desde allí colabora activamente con la República  hasta 1938, año en que publica su magistral “España en el corazón”.



Los versos de Neruda en los que tilda a Franco y sus generales de “chacales que el chacal rechazaría” y se refiere a la sangre de los niños que fluye por las calles tras los bombardeos, llevan a la dictadura a prohibir su obra.

A modo de curiosidad recordamos que en esta obra el poeta homenajea con uno de sus poemas al ex presidente de la Generalitat, Lluís Companys. Se titula precisamente "Canto a la muerte y resurrección de Lluís Companys".

El autor no volvería a España hasta junio de 1967, cuando visitaría clandestinamente Barcelona de regreso de un congreso de escritores en Moscú, acompañado por la editora Esther Tusquets que actuaría de cicerón.

En el verano de 1939 es designado cónsul especial encargado de la inmigración de Españoles a Francia. El poeta, conmovido por la situación de estos españoles tan cercanos a él, consigue que el gobierno chileno propicie el traslado a este país de un total de 2.200 republicanos y sus familias a bordo del “Winnipeg”, un barco de carga de transporte de la Primera Guerra Mundial, rescatándolos de campos de concentración, cárceles y regimientos. En sus memorias el propio poeta definiría el acontecimiento como “la más noble misión que he ejercido en mi vida”, su mejor poema.

Durante la segunda Guerra Mundial ejerce el cargo de cónsul en México.

En 1945 inicia su carrera política al ser elegido senador por el Partido Comunista. Ello le generó muchos problemas con el gobierno de González Videla. En febrero de 1948 pronuncia un discurso en el Senado, “Yo acuso”, que provoca su destitución como senador y la promulgación de una orden de detención por parte del Tribunal Supremo.

Obligado a abandonar Chile se exilia en París. En 1950 recibe el Premio Internacional de la Paz. Se inicia una etapa de intensa creación. En 1952 publica “Los versos del capitán”. En 1953 es distinguido también con el premio Stalin de la paz . En 1954 salen a la luz “Las uvas del viento” y “Las odas elementales”.

En 1958 publica “Estravagario”, un retorno al surrealismo. Neruda dedica bellos versos de amor a la que fue su tercera compañera y segunda esposa, Matilde Urrutia en sus páginas.

En 1965 se le otorga el título de doctor honoris causa por la Universidad de Oxford. En 1969 es nombrado “Miembro Honorario” de la Academia Chilena de la Lengua. Ese mismo año, durante las elecciones presidenciales, el Partido Comunista le elige como precandidato, pero renuncia en favor de Salvador Allende como candidato único de la Unidad Popular, que triunfa en las elecciones de 1970. Este gobierno lo designa embajador en Francia.

Desempeña este cargo  hasta febrero de 1973 cuando, enfermo de cáncer, vuelve a su residencia chilena “Isla Negra” en Santiago.

Pocos meses antes el golpe de Estado contra el gobierno de Allende, se había producido el saqueo de su casa repleta de valiosas obras de arte y la quema de sus libros.

Neruda falleció consciente del horror en que se hallaba sumido su país, clamando justicia y recordando a sus compañeros sacrificados a manos de un régimen injusto. Hasta el último suspiro dictó a su esposa Matilde Urrutia nota a nota sus memorias publicadas póstumamente “Confieso que he vivido”.


Listado de sus obras:


  • Crepusculario (1923)
  • Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924)
  • Tentativa del hombre infinito (1926)
  • Anillos (1926)
  • El hondero entusiasta (1933)
  • El habitante y su esperanza (1926)
  • Residencia en la tierra (1935)
  • España en el corazón (1937)
  • Nuevo canto de amor a Stalingrado (1943)
  • Tercera residencia (1947)
  • Canto general (1950)
  • Los versos del capitán (1952)
  • Todo el amor (1953)
  • Las uvas y el viento (1954)
  • Odas elementales (1954)
  • Nuevas odas elementales (1955)
  • Tercer libro de las odas (1957)
  • Estravagario (1958)
  • Navegaciones y regresos Buenos Aires (1959)
  • Cien sonetos de amor (1959)
  • Canción de gesta (1960)
  • Poesías: Las piedras de Chile (1960)
  • Cantos ceremoniales (1961)
  • Memorial de Isla Negra (1964)
  • Arte de pájaros (1966)
  • Fulgor y muerte de Joaquín Murieta (1967)
  • La Barcarola (1967)
  • Las manos del día (1968)
  • Comiendo en Hungría (1969) (En co-autoría con Miguel Ángel Asturias)
  • Fin del mundo (1969)
  • Maremoto (1970)
  • La espada encendida (1970)
  • Las piedras del cielo (1970)
  • Discurso de Estocolmo (1972)
  • Geografía infructuosa Buenos Aires (1972)
  • La rosa separada (1972)
  • Incitación al Nixonicidio y alabanza de la revolución chilena (1973)
  • Geografía de Pablo Neruda (1973)
  • Himno y regreso
  • Que despierte el leñador
  • Tentativa del hombre infinito
  • Publicaciones Póstumas
  • El mar y las campanas (1973)
  • 2000 (1974)
  • Elegía (1974)
  • El corazón amarillo (1974)
  • Jardín de invierno (1974)
  • Confieso que he vivido (1974)
  • Libro de las preguntas (1974)
  • Cartas de amor de Pablo Neruda (1975)
  • Para nacer he nacido (1978)
  • Cartas a Laura (1978)
  • Poesías escogidas (1980)
  • El río invisible Editorial Seix Barral (1980)
  • Neruda/Eandi, Correspondencia durante Residencia en la tierra (1980)
  • El fin del viaje (1982)
  • Antología fundamental (1997)
  • Pablo Neruda, Discursos Parlamentarios (1997)
  • Pablo Neruda, Cuadernos de Temuco Seix Barral, Buenos Aires.
  • Pablo Neruda, Prólogos (2000)
  • Pablo Neruda, Epistolario viajero ( 2004)
  • Pablo Neruda en O’Cruzeiro Internacional (2004)
  • Pablo Neruda. Yo respondo con mi obra: Conferencias, Discursos, Cartas, Declaraciones (2004)
  • David Bautista. Yo respondo con mi obra: tus ojos, Discursos, Cartas, Declaraciones (2004)
  • Pablo Neruda, J.M. Coetzee, W. Faulkner, Doris Lessing, G.G. Márquez, Discursos, Alpha Decay (2008)
  • Antología General, Real Academia Española, Asociación Chilena del Libro y Hernán Loyola (2010)
  • Resúmenes disponibles:
  • Confieso Que He Vivido
  • Estravagario
  • Odas Elementales
  • Veinte Poemas De Amor Y Una Canción Desesperada



Pablo Neruda : Discurso de Recepción del Premio Nobel de Literatura




Suecia, 21 de octubre de 1971

Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones, lejanas y antípodas, no por eso menos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros limites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta.

Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación. No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos, desoladas nieves, adivinando mas bien el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino. Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semi-derribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión. A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos cúmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los baqueanos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa:

-¿Tuvo mucho miedo?

-Mucho. Creí que había llegado mi última hora, dije.

Íbamos detrás de usted con el lazo en la mano me respondieron. -Ahí mismo -agregó uno de ellos- cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted. Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. La cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de rios y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.

Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aun la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto. Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.

Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y vimos, al calor de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo ml humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida.

Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. ¿O lo conocían, nos conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornadas que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese nada más en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.



Señoras y Señores:

Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo esta sostenido -el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesia en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un vertiginoso río, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.

De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común.

En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la amistad y de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podría gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.

El poeta no es un pequeño dios. No, no es un pequeño dios. No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni yo lo pretendí nunca- orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificacion. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir, a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como parte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de un tembladeral de hojas, de barro, de libros, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación critica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores, sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como sueños. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriaga esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez ésa sea la razón determinante de mi humilde caso individual: y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmento de piedra o de madera con que alguien, otros que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe.

Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, ¿Qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquiera forma al pasado feudal del gran continente americano? ¿Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.

Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l'aurore, armés d'une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia entraremos en las espléndidas ciudades.)

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.

Así la poesía no habrá cantado en vano.




"Me vine aquí a contar las campanas que viven en el mar,
que suenan en el mar,
dentro del mar.
Por eso vivo aquí" 

(Pablo Neruda) 





Felipe Henríquez Ordenes





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