jueves, 10 de diciembre de 2015

Carta abierta a un muerto de mierda: Pinochet, a nueve años de su muerte






La muerte le llegó a Pinochet justamente un día como hoy, hace nueve años, el 10 de diciembre del 2006, día Internacional de los Derechos Humanos. A nosotros nos llegó mucho antes, la muerte empezó el 11 de septiembre de 1973, y vino de la mano del dictador.

Ni perdón ni olvido, porque aquel lejano martes 11 de septiembre de 1973, de tardío otoño aún pervive en la memoria, en la piel y en las miradas de un pueblo que no se merecía tanto dolor. Es que nadie puede ni debe olvidar el cántico desesperado de los desaparecidos, arrimados, quien sabe, a la sombra de un tamarugo bregando por un rayo de sol. Y los militares saben dónde están, conocen sus nombres y sus últimos suspiros. Ellos saben dónde están, los generales saben, los almirantes saben. Tú, Augusto te hablo a ti, los supiste siempre, por ello es que no nos compadecemos, ni nos conmiseramos, ni nos acongojamos con tu muerte. Lo único que nos duele es que, tú, dictador, no hayas pasado ni un solo minuto en la cárcel y que se haya recurrido a todo tipo de subterfugios para eludir a la justicia. Justicia leve y tenue por lo demás, difuminándose en recursos de amparo, apelaciones y llantos de cobardía que no trepidaste en matar y torturar, pero que a la hora de enfrentar la tibia y clemente justicia chilena, clamaste impunidad y locura para refugiarte en la tranquilidad de tu hogar.

Pero en tú maldito lecho de muerte lo sabes, de hecho siempre supiste, todo lo que acontecía en este país, pues dabas las órdenes precisas para detener, torturar y asesinar. Tú dictador, dictaste. Y por eso te celebraron los empresarios que se solazaron en la compra de un Chile barato y a precio de costo. Y por eso te amaron los latifundistas que tomaron a sangre y fuego la tierra entregada a campesinos y mapuches a través de la reforma agraria. Y por eso te veneraron los banqueros que vendieron el país para que después la dictadura los premiaras con el dinero de todos los chilenos. Y por eso la derecha te saludó incondicionalmente en tus días de oscura gloria. Más cuando se acabó la gloria, cuando lentamente se fue imponiendo la verdad de violaciones a los derechos humanos, todos te volvieron la espalda y tú, dictador, te fuiste quedando solo en el marasmo de tu senilidad. Sin embargo, seguiste engañando, mintiendo, traicionando, como lo hiciste desde siempre, pues no estabas tan senil después de todo. Y no estabas tan solo, después de todo, porque cada vez que enfrentas algún desafuero, algún juicio o algún supuesto problema de salud, asomaban los fascistas adláteres pinochetistas elogiando tu obra.



Pinochetistas recalcitrantes que hoy en día nos hablan del crecimiento económico, de la modernización del país, de la inserción en el mercado mundial, de los tratados de libre comercio, de los indicadores macroeconómicos. Y desaparecen una vez más los desaparecidos, los asesinados, los torturados, los presos, entre los intersticios de un mercado omnipresente que horada el alma de un país herido. Como fue herido el 11 de septiembre de 1973 y todos los días y todas las noches posteriores por la dictadura tuya, dictador, que sabías, que siempre supiste y que hoy, desde el infierno, de seguro sigues negando reconocer tu responsabilidad personal y política del terrorismo de Estado verificado en Chile por más de tres décadas. Pero no importa cuántas veces lo niegues, no importa que mueras una y mil veces, el pueblo sabe, el mundo sabe de tu cobardía y de la de todos aquellos que te han protegido ayer y hoy.

Quizá en los últimos estertores de tu infame existencia auto centrada, pensaste en el perdón. No en el perdón que jamás nació de ti, sino en el que, de tanto en tanto, se nos solicita que te otorguemos. Y a no dudar, ahora que has muerto, ante nuestros ojos se abrirá una gran escena del perdón de muchos de tus compinches, una enorme teatralización del arrepentimiento. Cuánto de ello será auténtico y no un simulacro calculado, un ritual automático o una caricatura, el país sabrá sopesarlo. Pero los crímenes contra la humanidad son imperdonables, pues abusaste de tu propia humanidad matando lo más sagrado de lo viviente, lo divino en el hombre, asesinando a todo un pueblo inocente. No habrá ecología de la memoria alguna, ni escena de redención, reconciliación o esfuerzos de normalización del país que puedan provocar tu salvación o absolución. A pesar de tu propia amnistía ya estás condenado por siempre al castigo mayor al que jamás un ser humano podrá ser sometido tras de ti: ser Augusto Pinochet. 



“Vamos a festejarlo 
a no ponernos tibios 
a no creer que éste 
es un muerto cualquiera 
vamos a festejarlo 
a no volvernos flojos 
a no olvidar que éste 
es un muerto de mierda.”

Extracto del poema de Mario Benedetti dedicado a Pinochet el día de su muerte



Felipe Henríquez Ordenes




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