domingo, 22 de noviembre de 2015

Labbé, el Homenaje a Pinochet y el límite de la Libertad de Expresión







El ex alcalde de Providencia, Cristián Labbé, señaló a los medios que; “declaro mi asombro ante el revuelo que causa un hecho como este, que no consiste sino en el ejercicio de la libertad de pensamiento y de expresión”. El hecho, es un acto homenaje por el aniversario del natalicio N° 100 de Augusto Pinochet. 

La ceremonia es organizada por la Fundación Pinochet a raíz de los 100 años del nacimiento del ex dictador, y que se realizará el miércoles 25 de noviembre del 2015 en el predio de Los Boldos, en Santo Domingo.

Pese a que el ex edil suele participar de encuentros de este tipo, desde su entorno explican que esta vez su asistencia adquiere una connotación especial. Esto en medio del proceso por asociación ilícita que Cristián Labbé enfrenta en causas de violaciones a los derechos humanos -en la que él acusa una persecución política- y los escasos respaldos que su postulación a la alcaldía de Providencia concitan en su partido, la UDI popular.

¿Cuál es el costo político que le pueda traer a un partido como la UDI este homenaje? Muchos, porque ese partido de por sí ya tiene el desprestigio suficiente, con un historial pinochetista del cual hoy se quieren desprender –pero siguen admirando y defendiendo la herencia del dictador- y que los ha hecho merecedores del desprecio de todo el pueblo. El presidente de la colectividad, Hernán Larraín intenta escamotear su respuesta al ser consultado por dicho homenaje. Creo que es mejor que sea sincero y le diga a su coterráneo que no asista para que ese acto no se agregue a la larga lista de eventos que saben provocará la repulsa colectiva no solo por dicho homenaje, sino que también para su partido.

Irónicamente, para los organizadores del acto, este homenaje honra a quién salvó al país de una dictadura marxista, y que el actual modelo económico es gracias al gobierno militar”, palabras textuales incluso de Cristián Labbé. Al contrario, para la inmensa mayoría de chilenos, este homenaje revive los recuerdos horrorosos del ayer, y revuelve una vez más la memoria de millones de chilenos que aún sufren de los espantosos crímenes que los militares al mando de Pinochet cometieron en su nombre. 

Es imperioso recordar los horribles crímenes que los esbirros perpetraron. Debemos recordar estos hechos para nunca olvidar que los hombres somos capaces de cosas tan horribles como torturar, violar y matar a una mujer embarazada por el solo hecho ser de izquierda y judía, solo por dar un ejemplo.  

Quiero enfatizar que me satisface que la democracia y la libertad chilena hoy sean honradas por todos, incluso por aquellos simpatizantes del cobarde dictador. A esos que cuando se le ocurre hacer este tipo de aberraciones no dejo de preguntarme; ¿Hasta dónde llega la libertad de expresión?

Para fácil comprensión, la libertad de expresión -según la RAE- "es el derecho de expresar, física, verbalmente o por escrito, cualquier pensamiento u opinión, positivo o negativo, sobre algo o alguien".

Esa libertad es un pilar fundamental para todo Estado democrático de derecho. Fortalece la participación ciudadana en asuntos de interés particular o colectivo, e implica un baluarte frente a la rendición de cuentas que todo Gobierno debe cumplir.

Con crítica o sin ella, toda opinión debe ir acompañada de una clara intención de contribuir en la reflexión de pensamiento de las personas hacia las que va dirigida, procurando motivarlas a analizar el tema expuesto y a orientar su perspectiva.

La opinión, sin lugar a dudas, debe ser ejercida dentro de un marco de responsabilidad, pues quien tiene en sus manos la manifestación de sus pensamientos debe poseer también claridad sobre las eventuales consecuencias que, por afectación a la moral, el orden público o a terceros, se puedan generar.

Ningún derecho es absoluto. Ningún derecho o libertad tiene un carácter absoluto en cuanto a su ejercicio. Es una máxima que se conoce, principalmente, en el mundo del Derecho, y que se traduce, coloquialmente, en que el hecho de gozar de esa libertad no me legitima para hacer lo que me plazca frente a los demás.

Dicho todo eso, vuelvo a preguntar: ¿Hasta dónde llega el derecho a la libertad de expresión?

Pese a que durante los años de la dictadura de Pinochet, la libertad de expresión fue cercenada para la mayoría de los chilenos, quién osara en rebelarse, automáticamente su vida caía en un riesgo inminente y, los mismos que en dictadura prohibieron esa libertad, hoy invocan la libre expresión para homenajear a uno de los personajes más cobardes de la historia. 

En Chile, no existe una ley que impida el homenaje a un cobarde genocida o cualquier otro tipo de manifestación que atenta en la memoria de todo un país. Un acto deleznable cuyo único propósito es la provocación de una sociedad herida en el alma. Homenajear a quién fue el responsable directo de la destrucción de miles y miles de familias, es lisa y llanamente abrir nuevamente esa herida sangrante sin cicatrizar. Pisotear con la bota militar una vez más en la memoria histórica. Fomentar el escándalo público es, por lejos, el acto más bajo que alguien pueda hacer, y que solo relucirá la pobreza de espíritu, ignominia y miseria humana de quien convoca dicho homenaje.

No puede entenderse que quien hace uso de dicha libertad está autorizado para atropellar los derechos de la mayoría de los ciudadanos que hoy repudian esos actos. La libertad de expresión no puede convertirse en una herramienta para vulnerar a otros, para recordar odios añejos o para incentivar la violencia.

Así como cualquier persona tiene el derecho de demandar o denunciar responsablemente, así también quienes manifiesten sus opiniones, deben cumplir con esa consigna ética dentro del marco del respeto y la buena fe hacia los demás.

Por más convulso que se encuentre el escenario de la ingobernabilidad en nuestro país, los chilenos debemos aprovechar el hermoso beneficio que nos da la democracia.

Puedo incluso citar aquella bella frase atribuida a Voltaire: “Estoy en total desacuerdo con tus ideas, pero daría gustoso mi vida por defender tu derecho a expresarlas". Hoy, en el 2015 ha ganado la libertad y la democracia al punto que quienes las persiguieron ayer, hoy las invocan para que éste tipo de homenajes se pueda incluir en el recto ejercicio de la libertad de expresión y de una justa concepción de la democracia. ¿Qué diría Voltaire en este caso? Lo condenaría ironizando: “Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo”?. ¿Eso?  Me tomo en serio el desafío planteado y pregunto: ¿Tienen o no razón Cristián Labbé y los miembros de la Fundación Pinochet para invocar la libertad de expresión y el respeto democrático?

La dignidad, igualdad y libertad del ser humano, de todo ser humano, nos obligan a respetar ese derecho de expresar ideas por muy repugnantes que nos parezcan. Por lo demás sólo en ese trato recíproco puedo reclamar mi derecho a una igual libertad de expresión; la misma que los chilenos pedían a gritos que se respetase en plena época de la dictadura. No le corresponde al Estado dar por buenos unos argumentos y silenciar a los que considera erróneos o inmorales. Eso es romper con la neutralidad valórica de un Estado laico y acercarnos peligrosamente al autoritarismo o al totalitarismo. Hasta aquí Labbé y los miembros de la Fundación Pinochet tienen la razón de su lado. Sin embargo, si miramos las cosas desde la perspectiva de la comunidad y la democracia, el debate vuelve a la palestra. 

En efecto, cuando fundamentamos la libertad de expresión desde esta perspectiva, de lo que se trata es proteger y ampliar los términos de la discusión pública. Todos tienen derecho de plantear sus puntos de vista respecto de todos los temas a través de la más intensa e inclusiva deliberación. Sólo así existirá una opinión pública clara, que es la base sobre la cual se edifica la democracia fundada en el libre consentimiento de los ciudadanos y ciudadanas. Pero, atención, de lo que se trata es fortalecer la democracia, el pluralismo y la libertad; no de pulverizarlos.

¿Por qué habrían de prevalecer tan claramente los derechos de los primeros sobre los de los otros? En este caso, ¿deben los familiares de los más de tres mil detenidos desaparecidos y ejecutados políticos, o de los treinta mil torturados tolerar que les vuelvan a recordar sus dolores y encima sus actos sean justificados por la tan manoseada libertad de expresión o, escuchar que sus victimarios son salvadores y no verdugos? ¿Deben los miembros del actual Ejército de Chile y de la derecha chilena aceptar resignadamente que se vuelva a recordar a todos que en sus filas hubo gente como Miguel Krassnoff, Alvaro Corbalán o el mismo Pinochet? ¿Deben los chilenos aprobar que se vuelvan a preferir eventuales palabras de odio o de justificación del quiebre democrático que puedan llevar a un peligro claro e inminente de una nueva violencia política entre los chilenos? ¿Ayuda esto al Bien Común? El asunto es, a lo menos cuestionable y, amerita una reflexión que supere todo cliché.

En mi caso pienso que sólo un juicio prudencial y un acto de fe pueden resolver la duda. La prudencia dice que los beneficios que se obtendrían, así como en Alemania, de prohibir judicialmente un homenaje como el convocado -Apologías a Hitler están penalizada-, en el que se podrían proferir palabras de odio y llamados a la violencia política, serán menores que los perjuicios que produce casi siempre la censura; a ratos muy odiosa y eventual provocadora de nefastas reacciones. Peor aún, si en aquel homenaje se intenta evitar mediante las vías de hecho, casi siempre amigas del autoritarismo. El acto de fe es creer que el ser humano, puesto ante la evidencia del mal y de su retorcida justificación, termina por ver con más claridad lo que diferencia al asesino del inocente, al ángel del demonio. Así puede optar racionalmente por una moral que proclama desde el nacimiento de Occidente que “más vale soportar una injusticia que practicarla”. 

Ojalá que los organizadores, suspendan este nuevo homenaje ni más ni menos que al más cobarde de los dictadores latinoamericanos y probablemente del mundo. Que lo suspendan humildemente por el bien de Chile. Si insisten, que reciban por respuesta el silencio y el más profundo e indignado desprecio de millones de chilenos y chilenas que diremos de este nuevo pisoteo a la memoria de aquellos que fueron y aún siguen siendo víctimas, el poder decir: “Nunca más”.

En el futuro, no permitamos que las facilidades brindadas por la tan manoseada libertad de expresión nos lleven a cometer ligerezas de las que podamos arrepentirnos, todo por creer equivocadamente que la libertad de expresión la podemos ejercer sin límite alguno.

En conclusión, la Fundación Pinochet y el violador de los derechos humanos, Cristian Labbé pueden hacerles los homenajes que quieran a su "prócer salvador", o a cualquier otro de sus esbirros genocidas, pero que les quede muy claro el lugar que ellos ocupan y seguirán ocupando en nuestra historia, porque nada, nada podrá borrarles el estigma, de asesinos y traidores a la patria. 


Felipe Henríquez Ordenes






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