sábado, 24 de octubre de 2015

Sacerdote Raúl Hasbún: Las sotanas cómplices de la Dictadura






Hace unos días, viendo en facebook mi página de inicio, y cuando ya pensaba que nos habíamos librado de uno de los más despreciables rostros televisivos, por esas desastrosas casualidades me topé con un video (privado) del cura Hasbún. Sí, el sacerdote Raúl Hasbún, el mismo que daba la comunión a Pinochet, a su familia y a los genocidas del pueblo. Aquella alimaña que vimos pontificando en Canal 13 durante todos los años de la dictadura y hasta el 2012 en Megavisión, cuando por fin fue sacado de la televisión chilena. Alguien que para mí, ya creía que era de la estirpe de las cucarachas: porque ni con bomba atómica nos íbamos a librar de verlo u oírlo en algún lado.

El sacerdote Raúl Hasbún (82) nunca guardó silencio sobre sus preferencias políticas. No le gustaba el gobierno de Salvador Allende y, por el contrario, se mostraba cercano al Ejército, situado a la sombra de Pinochet. Hoy, es tristemente recordado por su participación cívica en la instauración de la Dictadura.

Además, cabe recordar que –pocos meses antes del bombardeo a La Moneda– fue acusado de cómplice en el asesinato del obrero Jorge Tomás Henríquez G., que murió en marzo de ese mismo año, ejercía una misión especial: proteger al equipo con el que el gobierno de Salvador Allende interfería la transmisión de Canal 13, que por esos años tenía a Hasbún de director de la Corporación de Televisión de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Si bien es cierto que las túnicas de este cura desaparecieron de la televisión, nos queda su amargo recuerdo que otro cómplice de la dictadura hoy goza de total impunidad. Cuando en el 2012 quedó fuera de las pantallas de Megavisión desde la segunda semana de abril y con él, la Iglesia se fue en retirada de la televisión abierta, Hasbún argumentó: “La institución ha perdido importantes espacios para evangelizar en la TV abierta. Si nosotros no somos capaces de transmitir lo que es bueno y malo, mala cosa es que tengamos menos tribuna en televisión, porque nos permitía formar la conciencia moral”.

Debo admitir mi “pecado”, porque cuando me topé hace unos días con aquel video, lo vi completo, sí, y me da vergüenza acá contarlo. Quizás debo tomar una hora con algún psicólogo, porque hay que ser muy masoquista para ver y escuchar a alguien que no te agrada y te produce nauseas. 

En ese video, con rosario en mano el “curita” pontificaba iracundo en contra de aquellos que criticaban y mostraban una mirada diferente del Papado y al Vaticano. El enfurecido comentario tenía su origen en la serie PapaVilla, de la cual los chilenos vimos hace algunos años en un canal de cable. Hasbún con su verborrea y rostro de iracundo fanático las emprendía contra los malos cristianos -en su visión- que permitían esas expresiones. En su argumento sostuvo que se estaba faltando el respeto al entonces Papa Benedicto XVI -Joseph Ratzinger- y por ende al propio Jesucristo. Si la figura del Papa correspondiera a una unidad con Jesús -pobre de él-, ¿qué crímenes, alianzas y ambiciones tuvo que soportar el que se supone es el hijo de Dios? No hay que ser teólogo ni mucho menos un recalcitrante ateo como yo para saber de la oscura leyenda de poder y mafia que ha vivido y existe actualmente en el Vaticano.

Hasbún es repudiable en su práctica de fe. Recordemos que este cura aún defiende con énfasis a la dictadura y los servicios de seguridad del régimen. Es acusado por una de las protagonistas que vivió el infierno desde adentro, Luz Arce, de concurrir con frecuencia a la sede de los organismos represores, como visitas al ya muerto asesino y torturador Manuel Contreras y a otros de los que él llama “presos políticos militares” en el Penal Punta Peuco. En su cristianismo jamás fue capaz de ver el rostro del torturado, asesinado, preso en forma ilegal, hecho desaparecer por los mismos a quién regularmente hasta el día de hoy visita. En esos hombres y mujeres concretos -para él- no vivía ni sufría el señor que Hasbún dice tanto amar.



Para los creyentes -no para mí que dejé de creer en eso incluso desde muy niño- el Dios de Jesucristo sin duda no es el Dios de Hasbún. El cura tiene como Dios una muletilla que invoca y le sirve para disfrazar y justificar sus perversiones, ansias de poder, frustraciones, figuración, vivir bien explotando la fe y temor de los más sencillos y aquellos poderosos que con limosnas y sacrificios buscan calmar la conciencia, ante el imperativo de un Dios que habla fuerte a favor de los pobres y oprimidos.

El reducido y repudiable sector del pinochetismo y otros de la clase dominante necesitan de este parlanchín que en nombre de Dios justifica lo injustificable. Hasbún es la expresión feroz del profesional de la fe, aquellos que cargan pesados bultos a otros pero que ellos dirigen y predican. La pesada carga que impone la Iglesia es para que zánganos como Hasbún vivan y gocen de la mentira de anunciar a un Cristo que no conocen. Él es un fiel representante y defensor del sistema clerical que da estatus y protege a la clase dominante. Me pregunto, ¿puede salir algo bueno de lo que él intenta pregonar en lo que se supone planteó; “que la actual ola de destape signifique la descomposición moral de la televisión abierta en Chile”?

La mayor parte de la población chilena estamos muy felices de que esté fuera de circulación este falso profeta de la fe, de quién fue -y aún lo es- un servil a los señores del dinero, de los más deleznables y monstruosos criminales que azotaron el pueblo de Chile durante la dictadura. Porque Raúl Hasbún es cómplice de las más atroces violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante 17 de años de terrorismo de estado ocurrido en Chile (1973-1990), que escondido en sus hábitos y sin ningún remordimiento, entregaba la hostia y daba de beber el vino directo desde el cáliz al asesino dictador, Augusto Pinochet.



Lo digo con responsabilidad y me hago cargo de todas estas palabras, porque no le llevo el juego de la hipocresía de todos los sectores políticos que siguen salvando al Ejército de todas las atrocidades que se cometieron y le cargan la cuenta a subalternos de las FF.AA y todos esos mandos medios de la época. Todos los altos generales de la época, dirigentes hasta hoy día, hasta el comandante en Jefe del Ejército, el señor Humberto Oviedo, son todos cómplices de la Dictadura y son todos amigos del señor Hasbún. Y la rama derechista de la Iglesia Católica; o sea, no podemos irnos a Hasbún como un caso particular, él pertenece a una institución poderosísima, que interviene los asuntos internos de Chile, descaradamente, con Ezzati a la cabeza.

Hoy, el sacerdote Raúl Hasbún ya tiene 82 años. Ojalá que en el ocaso de su vida al menos nos pueda revelar los crímenes que los genocidas le hicieron en confesión y pueda quizás irse en paz de este mundo, de lo contrario, sus demonios le esperan curita, pase usted.



Felipe Henríquez Ordenes




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